Cuando era una niña mi madre trabajaba en los tribunales de San Cristóbal, la ciudad en la que nací. A veces no tenía con quién quedarme en casa y ella me llevaba en las tardes a su trabajo. Recuerdo el lugar como un inmenso bloque blanco, por dentro tenía unas escaleras centrales y habían muchos pasadizos, como si fuera un laberinto gigante.
En cada pasadizo tenía amigos, a pesar de mis 5 o 6 años. Los amigos de mi mamá eran mis amigos y a todos los visitaba para no aburrirme. El más divertido era el señor que vende revistas, en la parte del edificio que da a la Plaza Urdaneta. Me dejaba leer todo lo que vendía y yo era feliz.
El inmenso bloque se llama Edificio Nacional. En un momento fue la cárcel de la ciudad y ahora alberga gran parte del poder judicial. La puerta principal de este edificio te lleva al lugar donde se fundó San Cristóbal: la plaza Juan Maldonado y la catedral.
Yo no frecuentaba la plaza porque siempre tenía otros entretenimientos, pero cuando empecé a visitarla algo sucedió. No sé si eran las lineas curvas en el suelo, o las esculturas que encontrabas por esa salida del edificio, o la catedral al costado, que a mis ojos era inmensa, pero ese lugar me sobrecogía. Luego el sentimiento cambió y a partir de ese momento me llena de energía, me recuerda mi infancia y las mil preguntas que me hacía, los por qué de esos lugares que no encontraron respuestas hasta que yo misma los busqué en los libros. Ese fue el lugar en el que mi adn se impregnó de historia.
Hoy San Cristóbal cumple 450 años. No es un lunes santo como el día de la fundación, los treinta vecinos que se reunieron en las inmediaciones de lo que hoy es la plaza Juan Maldonado para vivir en la nueva ciudad se han convertido en cientos de miles. Con el pasar de los años algunos recuerdos se borran, otros se develan, algunas cosas empiezan a cautivarte y otras se convierten en memorias idílicas.
Para mi la ciudad hoy no tiene nada que ver con las dulces canciones o los bambucos de antaño, o con las historias de los alemanes trayendo y llevando el sabor del café, pero sigue siendo un lugar para admirar el verde de las montañas, para encontrar a la familia, disfrutar de los sabores de la infancia. Sigue siendo un lugar lleno de valores, a pesar de que muchos dicen que cada día se pierden. Los valores son la fortaleza que San Cristóbal ha forjado durante estos años, y la herencia de la que nos dota a quienes nacimos en sus montañas.
Ojalá sepamos honrarla.
Foto Kevin Vásquez